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Canyoning: adrenalina y vértigo en Baños
fuente: El Universo
El Universo

¿Quién dijo que las cascadas solo sirven para contemplarlas? El canyoning es una actividad que nos enseña que las caídas de agua también pueden provocar chorros de emociones.

Un australiano robusto y sonriente es el tercero en la fila. A sus cincuenta y tantos años luce gracioso mientras sacude su barba y bigotes al decir: “Todos estamos algo locos, por eso vinimos aquí”. Estoy de acuerdo. “Será una experiencia fantástica”, agrega el extranjero. Y yo lo sigo apoyando. “Hace un día maravilloso”, continúa moviendo sus bigotes. Le respondo que tiene razón. “Me siento emocionado por lo que vamos a vivir”, dice. Yo también, es normal. Pero cuando le llega su turno: “¿Saben qué?, ya me arrepentí, que el periodista salte primero”. ¡Epa!, ¿qué pasó?

Pero no hay lugar para arrepentimientos en lo alto de la cascada Chamana, diez minutos al este de Baños. Regresar a pie sería un fracaso. La mejor forma de descender es al rappel, en medio de las heladas aguas provenientes de los deshielos del volcán Tungurahua. Todos estamos mojados porque previamente bajamos por una pendiente de agua de unos ocho metros de alto. Pero el bocadillo principal de la excursión es la caída de 45 metros de altura que estamos a punto de iniciar. A pesar del frío andino, el sol calienta los cascos y wetsuits que el guía Luis Córdova nos dio al iniciar la experiencia. Algunos también calzamos botas de caucho para protegernos los tobillos en la escarpada ladera.

“¿Quién sigue?”, pregunta Córdova, un guía que parece sabérselas todas en su especialidad. Incluso psicología y relaciones humanas. Por eso no tarda en convencer al temeroso australiano de colocarse la cuerda al mosquetón para emprender el descenso. Luce emocionado. También pálido. Pero decidido en este ajuste de cuentas con la naturaleza. Y salta.

La seguridad ante todo
El canyoning o descenso de cascadas es un hermano joven entre los deportes extremos. Comenzó a practicarse a principios del noventa en los montes Pirineos, en la frontera de España y Francia, y Córdova lo trajo a Baños en el 2000, tras haberse preparado por cinco años para operar sin peligro en las fantásticas cascadas salpicadas en este sector de la provincia del Tungurahua.

Para realizar esta experiencia no se necesita una buena condición física. Pero sí agallas. Al menos las suficientes para colgarse de una cuerda por los empinados muros naturales de las caídas de agua. El truco es mantener el peso con fuerza hacia atrás, nos recuerda el guía mientras el australiano desaparece en medio de la corriente vertical. Luego suena nuevamente la pregunta: “¿quién sigue?”. Lástima, ahora sí le toca al periodista.

El nerviosismo es normal en esta experiencia; sin embargo, fue mitigado durante el entrenamiento previo que realizamos en el muro de escalada de 14 metros levantado en el parque Aventura, ubicado en Baños y perteneciente a Córdova Tours. Allí vivimos nuestro primer descenso al rappel para aprender la técnica básica y el sistema de seguridad empleado. “Lo ideal es primero practicar en seco, para que cuando el turista llegue a la cascada solo se dedique a disfrutar”, explica Córdova, quien es el único operador baneño que ofrece esta aconsejable instrucción previa.

Con tal preparación siento más seguridad al pararme al filo del abismo. Claro, sujeto por las dos cuerdas de seguridad. Durante el descenso, la primera será aferrada por mi mano derecha, que al llevarla hacia atrás servirá como un freno debido a la fricción con el mosquetón. La segunda cuerda será el freno que sostendrá el guía desde arriba, en caso de que el turista suelte su soga. Y si ambos sistemas fallan (nunca ha sucedido), otro guía debajo de la pendiente está listo para halar la cuerda principal, y aplicar el freno de fricción con el mosquetón.

Con tales prevenciones me acerco al filo de la cascada, según me indica el guía. Ahora me ordena darle la espalda a la caída de 45 metros. “Tranquilo, recuerda echar el cuerpo para atrás”, me dice. Respiro profundo. Estoy algo nervioso. Y comienzo a descender. El agua comienza a golpearme mientras camino de espaldas por el resbaladizo muro vertical de la cascada. Sostengo firmemente la cuerda. No hay marcha atrás. Tampoco la deseo. El temor de estrellarse en las rocas se disipa entre los agitados latidos del corazón.

Un metro después, el muro natural de la cascada desaparece, para luego quedar colgado de la cuerda a más de cuarenta metros sobre el río. El descenso se hace más emocionante cuando los pesados chorros de agua fría golpean fuertemente en el casco protector, como un llamado feliz que me despierta la conciencia de estar vivo en medio de una cascada que te hipnotiza. Te enciende. Te saca chispas. Te acaricia.

“Suelta la cuerda, porque ahora te vamos a bajar”, escucho gritar desde arriba. Confío en la orden. Dejo mis manos libres. Los guías me bajan a su pausado ritmo mientras el agua me sigue golpeando tac, tac, tac, tac, tac sobre el casco y el cuerpo forrado con el wetsuit para protegerme del agua fría. Sin embargo, todo es intenso en esta experiencia. Incluso el frío, del cual me olvido mientras desciendo. Llego al suelo. El agua sigue haciendo estruendos a mi alrededor. ¡Sin duda fue algo genial!

Al pie de la cascada no encuentro al australiano. Solo a una veinteañera estadounidense que saltó antes que nosotros. “Ha sido lo máximo”, me dice con su español aprendido tras vivir durante dos años en Guayaquil. Es verdad, le contesto. “Nunca había tenido una experiencia así”, continúa. Yo tampoco, le aseguro. “Creo que lo mejor fue cuando estábamos colgados y el agua nos golpeaba la cabeza”, agrega. Yo también pienso así. “Y lo mejor es que estamos vivos”, bromea. Yo sonrío, y me quedo pensando que, efectivamente, salimos vivos de esta experiencia… más vivos que nunca. Y con ganas de repetir la aventura.